En estos momentos de crisis en los que se mira hasta el último céntimo de euro para ahorrar costes, en que los presupuestos están más medidos que nunca y buscan gastar lo mínimo imprescindible, parece que tras varios años empiezan a recortar gastos en cosas que hasta hace poco parecía evidente que eran símbolo de ostentación (25 coches oficiales de lujo para una ciudad con apenas 50.000 habitantes [ref.], viajes y vacaciones personales a costa del dinero público [ref.], y un largo etcétera), ha acabado con la paciencia de muchos cuando además empiezan a imponerse recortes a los más desfavorecidos.

Todos aquellos que conocemos a la administración pública sabemos que no siempre se mira el dinero, se busca siempre «lo mejor», «lo más rápido», «lo más cómodo» pero pocas veces lo «más económico» si esto implica que no sea algo de lo anterior (mejor, rápido o cómodo). Cierto es que en todos los concursos públicos se busca el menor coste, pero casi siempre se plantea el menor coste en implantación, nunca en desembolso a medio y largo plazo, por este motivo encontramos a organismos con caros sistemas de comunicaciones que en su día ganaron un concurso público por ser el que menor coste de implantación tenía en un principio, pero a medida que pasan los meses, los costes de «mantenimiento» empiezan a aumentar y los encargados de organizar el concurso público terminan adquiriendo un sistema muy caro, con un gran coste de mantenimiento y con servicios que apenas utilizan. (es fácil poner un precio ultra-bajo a algo caro, siempre y cuando luego haya una firma de compromiso de mantenimiento que compense las pérdidas iniciales). Ante esto, cualquier responsable puede decir en su defensa que «él no es un entendido de esto, y no sabía que iba a costar tanto» o incluso suponer erróneamente que «si lo más barato, resulta al final lo más caro, imagínate si hubieran escogido otros cuyo coste de implantación hubiera sido más alto». (más…)